Aquellos ojos

  

Los ojos…

Descarados, capaces de contar lo que los labios no pueden, dicen lo que el cuerpo siente, también, siempre…

Lágrimas… ojos llenos de dolor contando que pasó…

ojos… contando sin decir "me gustas",

ah, pero aquellos ojos…

estaban espiando a mi alma,

como si el pasado no fuera suficiente,

como si el presente pudiera superar el hermoso recuerdo de lo vivido, no.

No se cree ya en el tiempo…"porque no quieres decir algo", dice. "No", ella responde. No puede.

Esos ojos… se cierran, si, para ver.

Pero se cierran para no ver como le rompen el corazón en mil pedazos, si es que alguna vez se trataba del corazón.

 

Precioso texto amablemente cedido por mi gran amiga Muse (http://muse-morte.spaces.live.com)

 

 

 
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Fatal distancia

  

 

Larga la espera de tus tiempos

Es agua que se escapa entre mis dedos

Consciente de la distancia

Como tu largo cabello se enmadeja

Todo tu ser poblando mi recuerdo

Mientras desesperados paseos

Por tu suave piel

Sonriendo consentías

Me abrasaba entre tus muslos

Ahora el hielo envuelve hasta mi alma

Ese aliento

Que conmigo amanecía

Que conmigo anochecía

Hasta eso echo en falta

Destellos de tu sombra

Por mi casa insolentes navegan

Nada hay más real

Que tu escandaloso recuerdo

En la esquina

YO en silencio asumo

Que es A TI a quien

Por encima de todo

Yo QUIERO

 
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El sorprendente maquinista de sueños

 

Por afinidad generalmente se establecen amistades con personas de nuestra propia edad. Sin embargo, las reglas preestablecidas sirven para romperse. Y en mi caso sucedió cuando durante mi estancia en Miami conocí a un hombre especial que sin duda nunca olvidaré. Se llamaba Alex Fitzpatrick. Era un hombre recto, disciplinado, trabajador pero si por algo se caracterizaba era por sus ganas de preocuparse de sus amigos. Siempre con su pícara e inteligente sonrisa en el extremo de sus labios y con sentido del humor extraordinario. Dotado de una portentosa planta, sin duda en su juventud había sido un imán para todas las mujeres. Sin embargo durante más de 47 años estuvo casado con una sola mujer que lamentablemente solo conocí en fotos pues cuando me lo presentaron ella ya había fallecido de una inesperada afección que en pocos meses convirtió a una preciosa mujer en un revoltijo de huesos y piel de aspecto demacrado. Por suerte el proceso fue tan rápido que a Alex le quedó el recuerdo de la bella mujer que había compartido con él casi medio siglo.

Alex, o Sr. Fitzpatrick, pues así le llamaban en el club de campo donde jugábamos con frecuencia al golf, provenía de una familia acomodada que le había podido pagar unos estudios. En todo caso Alex tenía el mérito de haber terminado una carrera muy complicada y siempre había trabajado para sacar adelante a su familia entre los que se contaban cinco hijos. Durante un tiempo compartimos lugar de trabajo y siempre me ayudó cuando yo desconocía cómo resolver algún problema técnico que él con precisión maestría y tengo que decir que, a veces incluso con desparpajo, resolvía haciendo parecer todo muy fácil. Muchas veces nos reuníamos en su casa para tomar una copa junto al fuego o a veces en verano hacíamos alguna barbacoa con su familia. Por ello conocía hasta el último recodo de su casa. Sin embargo había una sala a la que yo nunca había accedido y que estaba situada en el subsuelo. Creo que le gustaba que ese mundo estuviese fuera del alcance de todos para alejarse puntualmente del mundo y observarlo desde lejos. Yo sabía como mover un resorte oculto en la pared del cuarto de escobas pero como nunca me había invitado a entrar, no lo conocía.

Cuando se jubiló, se retiró a su sencilla casa de las afueras y comenzó a involucrarse en temas solidarios. Primero comenzó con sencillas donaciones a asociaciones de mujeres maltratadas y de niños huérfanos. Sin embargo con el tiempo sus ayudas a entidades caritativas fueron creciendo y su fama sobrepasó las fronteras. Un hospital en Sao Paulo, unas casas para enfermos de lepra en la India o una escuela de formación profesional para enfermos de sida en Botswana. Parecía que sus ganas de ayudar no tenían límite. Cuando coincidíamos para jugar al golf y comer juntos me contaba anécdotas y vivencias y además siempre estaba dispuesto a escucharme y darme sus inteligentes y a menudo divertidos consejos. Tengo que admitir que en esos años lo comencé a considerar como un espejo de cómo actuar. A finales del verano de dos mil dos, Alex enfermó y un año más tarde falleció. Unos días antes de apagarse como una vela a la que se le agota la cera, tuvimos una conversación que nunca desvelaré pero que me descubrió a un hombre sin igual. Ese día nos despedimos con un fuerte abrazo y supe que sería el último que nos daríamos.

Su funeral estuvo abarrotado de todo tipo de gente. Algunos que de verdad le querían y otros que asistían simplemente para “salir en la foto”. Sin embargo en el ambiente flotaba un gran cariño hacia ese hombre de ochenta años que durante sus últimos años se había dedicado a intentar cumplir los sueños de las personas más desfavorecidas.

Después de su funeral, fui a su casa y sentí que su espíritu todavía seguía presente. Tengo que admitir que estaba deseoso de conocer su escondite secreto y por ella activé el resorte y una silenciosa puerta me dio paso. Un fuerte olor a papel se apelmazó en mi nariz. Tiré del cordel junto a la puerta y se encendió una oscilante bombilla. La sala era de unos cinco por cuatro metros. Al fondo estaba situada una gran biblioteca llena de libros de ciencia y junto a ella había un cómodo sofá de piel verde y una lámpara de pie que sin duda Alex utilizaba para leer. Al girarme a la izquierda descubrí sorprendido una extraña máquina y a su lado unos bidones, unas cajas de cartón y varios maletines de aluminio. Las cajas de cartón poseían un papel de una textura que me resultaba familiar pero que no era capaz de relacionar. Sin embargo al abrir los maletines descubrí de qué se trataba. Estaban llenos de billetes de veinte y cincuenta dólares de aspecto sospechosamente nuevo. Me acerque a estudiar la máquina y en seguida descubrí su fin. Me sentí partícipe del origen de sus donaciones. Alex “creaba” sus donaciones en su propia casa.

La máquina debía pesar unos treinta kilos, así que la cargué como pude en mi coche y me la llevé junto con los maletines metálicos y las cajas de papel. Los papeles de las cajas los quemé en mi barbacoa mientras comía unas costillas a su salud junto con mi novia de entonces, que se llamaba Shannon. Para el fin de semana siguiente contacté a un gran amigo mío y acordamos dar un paseo en avioneta que los que me conocéis sabéis que siempre ha sido un mundo que me ha fascinado.

Llevé como único equipaje la máquina de Alex y cuando estábamos a gran altura sobre el mar, la lancé al agua mientras mi amigo James se reía pues desconocía la utilidad de esa máquina.

Ahora pienso que todo el bien que hizo Alex a los desfavorecidos y no dudo que a veces el fin justifica los medios. Para mi él siempre será un espejo y un ejemplo. Sin duda un hombre con todas sus letras. Tengo que admitir que cuando voy a verle al cementerio, en el que comparte lápida con su amada esposa, me acerco y en voz baja y sonriendo le digo “Alex, conozco tu secreto, pero conmigo está seguro”.

 

“Buscar “atajos” para ayudar a los demás siempre son bienvenidos si con ello no se daña a nadie”.

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Desire

  

Tú…

Sabes que puedo decir que si?

Puedo arder si quiero,

pueden mis ojos darte chispas de luz en plena oscuridad…

puedo soltar al animal dentro de mi,

y hacerlo correr tras de ti hasta atraparte,

convertirte en presa de lo que siento,

porque cuando liberas lo que tengo dentro

las flores ocultas se abren,

el espejo muestra a una extraña que no conoce el miedo,

las alas de las mariposas traviesas caminan sobre mi piel,

mis labios se abrirán y esperarán tu beso.

Hoy no conozco el miedo.

Hoy sé lo que es el deseo.

 

Poema escrito y publicado aquí por Muse  (http://Muse-Morte.spaces.live.com).

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Amar en dos palabras

 

El lugar de nacimiento se dice que siempre condiciona a la vida de las personas. Sin embargo hay una parte de nosotros que nos hace tomar decisiones que a veces pueden sorprender a los demás pero que deben de tomarse si es eso lo que nos hace felices.

En mis años de estudiante, que fueron bastantes ya que tengo que admitir que no era un universitario excepcional, conocí a Tania. Era de origen humilde pero debido a que siempre había vivido en la ciudad, por su aspecto y sus gustos demostraba que era muy urbanita y refinada: tacones altos, ropa fina, maquillaje perfecto y uñas siempre muy cuidadas. Además tenía una dulce forma de hablar que no por ello dejaba de ser convincente cuando lo deseaba.
Si había algo que la podía calificar era de muy ambiciosa. Nada le parecía suficiente, pero no solo para ella sino para con los que le parecían importantes. Estaba afiliada a diversos movimientos ecologistas y pacifistas pero su aspecto no encajaba en ese tópico de chica sin maquillar, con ropa raída, melena recogida y de carácter muy excitable.
En su caso era refinada y tranquila aunque poseía unas firmes convicciones. Nuestra relación solo duró un año aproximadamente que coincidió con mi último año de carrera. Después nuestros destinos se separaron y yo me fui a Estados Unidos mientras ella finalizaba su especialidad en pediatría. Seguimos en contacto regular hasta que un día me contó que se iba a África en el marco de un programa de médicos sin fronteras. Lo primero que pasó por mi mente fue su imagen de mujer de ciudad y refinada, perdida en un poblado del África profunda. No la imaginaba en esa situación pero yo sabía que cuando a Tania se le metía algo en la cabeza, no había nada ni nadie que le hiciese cambiar su parecer.
Después de cinco años viviendo en Estados Unidos regresé a España, y para descansar de mi acelerada vida anterior decidí tomarme unas vacaciones. Hojeando las páginas de una revista de viajes en mi agencia de confianza, encontré un viaje a Mali. Leyendo el contenido del itinerario de repente mis ojos se detuvieron en un poblado cuyo nombre me era familiar: “Goundam”. Casi inmediatamente me vino al recuerdo Tania y que en uno de sus correos electrónicos me había enviado unas fotos rodeada de pequeños niños negros de dientes blancos y sonrisa amplia. Esa sonrisa que siempre regalan a los extranjeros aunque estén mal nutridos y enfermos. Instintivamente decidí realizar ese viaje a África y así encontrarme con mi amiga Tania que hacía cinco años que no veía. Al pasar la tarjeta de crédito me recorrió un escalofrío por el precio del viaje. Pero ya no había vuelta atrás.
El día seleccionado tomé un vuelo a Mali y después de visitar diversos puntos de interés cercanos a su capital Bamako, nos dirigimos a Goundam, un pueblo cercano de paso hacia Tombouctou, la conocida ciudad en las orillas del río Níger. Había enviado un correo a Tania para vernos y ella me aconsejó pasar por un pequeño centro de salud en el que ella ejercía para una población infantil desperdigada por esa región. Entré en el humilde edificio y pregunté por Tania. La maquinaria y los muebles del centro de salud parecían sacados de una película de los años setenta. Al cabo de dos minutos vi aparecer a lo lejos a Tania. Llevaba un pequeño niño entre los brazos. Su cara estaba muy delgada y su piel no mostraba el aspecto con el que la había conocido. Estaba curtida por el sol y sin duda deteriorada por la falta de cuidados. Lucía una sencilla bata y unos zuecos blancos. Me dio un cariñoso abrazo que me recordó nuestro año de amor en el que con mucha frecuencia solo nos separaba un paño blanco que en vez de ser una bata, entonces habían sido unas sábanas. Con paciencia me mostró el lugar donde trabajaba, y mientras tomábamos un café me contó algunas anécdotas referentes a la vida a la que ya se había acostumbrado por completo. Al despedirnos en sus ojos descubrí un brillo de satisfacción y felicidad, que desde entonces recuerdo, y tengo que admitir con algo de envidia que siempre me gustaría llegar a tener en los míos, provocados sin duda por una vida de felicidad sintiendo nuestros deseos cumplidos.
 
“La búsqueda de la felicidad está en nosotros mismos y no solo en lograr tener muchos bienes o gran poder en el mundo que nos rodea”.
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Un final y un principio

  
Siempre recordaré esa época en la que ella estuvo a mi lado. Y digo ella, porque no quiero mostrar su nombre. Aunque ella lo sabe. Fue la vez que una mujer más rápido me enamoró. Es el día de hoy que ella siempre ríe al recordar la situación. Estuvo jugueteando conmigo como una gata con una bola de lana. Y el día que se decidió a enamorarme tardó exactamente un minuto. Bueno, dicho así suena a que es una exageración, pero lo que ella riendo considera un minuto, quizás fue una semana. Sin embargo a mi me pareció un segundo. Todos sabemos que el tiempo es algo relativo según la persona que lo calcule. Era una chica con una gran sonrisa, un corazón enorme y unos hombros demoledores. Algo tenían esos hombros que me dejaban indefenso. Y ella era consciente de su efecto. Cuando los dejaba al descubierto unas veces era de forma casual, pero la mayoría de las veces era de forma intencionada, consciente de su belleza. Estaban rematados por tres juguetones lunares que ella se encargaba de que yo recorriese con mis labios con frecuencia. Le encantaba ponerme una venda de seda alrededor de los ojos y hacerme acertar dónde estaban situados con solo el tacto de mi boca. Algunos días incluso me chantajeaba diciéndome que si no acertaba, no tendríamos sexo. Lógicamente ese ultimátum me motivaba enormemente para aplicarme en acertar donde estaban esos juguetones puntitos de su pálida y templada anatomía. Solo convivíamos los fines de semana pues vivíamos en diferentes ciudades y nuestros trabajos nos mantenían separados. Era frustrante pasarse toda la semana esperando el deseado fin de semana en el que en dos días y medio teníamos que recuperar todo lo que ansiábamos los restantes cinco días.
Conforme se acercaba su cumpleaños, el día ocho de octubre, fui ahorrando para poder regalarle algo especial, así que ese día, en una cajita roja suavemente envuelta en un papel dorado, le regalé una sortija de oro rematado con unos bonitos rubíes. Entonces todavía no vivíamos juntos pero pensé que sería un buen motivo para convencerla de que mis intenciones iban en serio. Se lo coloqué en el dedo anular derecho y ella con una sonrisa picarona me susurró un “gracias” al oído mientras su lengua jugaba con mi oreja. Después de una semana, un día descubrí que su dedo no tenía la sortija que yo le había regalado, sin embargo ella no parecía estar afectada por la situación. Pensé que había olvidado ponérsela, pero los días pasaban y la sortija no aparecía en su dedo. Yo no me atrevía a preguntar pues cuando miraba su dedo ella clavaba la mirada en mis ojos como mostrando un desafío a que le preguntase. El fin de semana siguiente nos quedamos a dormir juntos. Yo seguía preguntándome cual había sido el destino de la sortija, pero esperaba que ella me lo contase. Después de una cena íntima, nos acercamos a la cama entre besos y abrazos y ella apagó la luz. Comencé a recorrer su cálida anatomía. Le gustaba el trabajo bien hecho y sin prisas. Así que comencé por el cuello hasta finalizar por sus preciosos pies. Al juguetear con sus dedos entre mis labios, detecté algo duro y al instante deduje a oscuras el objeto con el que había tropezado. Ella encendió la luz y riendo me dijo. “Ahora ya has aprendido donde me gusta llevar tu regalo. Y seguro que no te molesta que lo lleve allí, ¿verdad?. Desde entonces nunca me he olvidado de ella y en especial en cómo luce mi regalo que pese al paso de los años, sigue llevando aunque ya no estemos juntos.
 
“En las relaciones íntimas nunca se sabe qué detalle puede hacer que algo se vuelva extremadamente excitante”.
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Challenger 70


A finales de los años noventa tuve que trasladarme durante algo más cuatro años a vivir a los Estados Unidos. Mi principal razón era laboral, pero también me motivaban las ganas de conocer mundo y de estar solo en un lugar desconocido que pondría a prueba mi capacidad de adaptarme y convivir. En especial me fascinaba la forma de vida de ese país que tantas veces había visto por televisión y a la que, aunque fuese por un breve periodo de tiempo, quería ser protagonista real. Al ser Estados Unidos un país enorme, las distancias también son mayúsculas. Nada más llegar fijé mi residencia en un pequeño pueblo del estado de Kansas llamado Junction City y me dispuse a buscar un vehículo pues tendría que desplazarme con cierta asiduidad. Un amigo que conocía de mis anteriores viajes a ese país me recomendó comprar un coche a un pariente suyo que residía en Colorado. La verdad es que no sabía de qué coche se trataba pero sus referencias eran buenas. Era un tío segundo aficionado a la mecánica, así que supuse que el coche estaría en muy buen estado. Tras cuatro horas de viaje en autobús hasta Colorado llegué a un pequeño pueblo en medio de extensas praderías. Wild Horse decía la placa de entrada al pueblo y pensé que llamarse Caballo salvaje adaptaba el pueblo perfectamente a su entorno. Aunque en ese momento lo desconocía, su significado era realmente muy premonitorio de lo que me iba a encontrar allí. El autobús me dejó justo frente a una polvorienta pista que se adentraba en el verde paisaje y con decisión comencé a caminar. La casa del pariente de mi amigo era de madera y estaba enclavada en una gran finca. Al instante salió a saludarme un grueso y sonriente hombre con un poblado bigote llamado Ken Frost. Llevaba una camisa de cuadros, unos vaqueros muy desgastados y unas botas camperas que sin duda llevaban cientos de horas de cabalgadas por las enormes praderías cercanas. Me dio la mano y la noté fuerte y ruda comparada con la mía, más acostumbrada a manejar maletines y teclados de ordenador que bridas de cabalgar y motores de coche. Después de tomar un café en su baranda mirando en vasto horizonte, le acompañé alrededor de la casa y llegamos a una pequeña cabaña. Al abrir el chirriante portón de madera dejó al descubierto la parte posterior de un coche blanco lleno de polvo. En su parte trasera derecha una letras mostraban “Challenger R/T” y en el centro del transparente faro de marcha atrás las cinco letras de su fabricante DODGE. Ken me contó un poco de la historia de ese coche, fabricado en Los Ángeles en mil novecientos setenta, casi treinta años atrás. Repartidos en ocho cilindros se encontraban trescientos treinta y cinco caballos de puro músculo americano sin ningún tipo de ayuda electrónica a la conducción. Resistente y poderoso comencé a comprender la razón de que Ket lo tuviese en su poder. Si no le sabías llevar adecuadamente podía desbocarse, y en el mejor de los casos simplemente darte un susto tras patinar por el arcén. Ahora que lo pienso, ese coche mantenía un cierto paralelismo con las mujeres, si no las tratas adecuadamente te puedes llevar un buen susto o incluso acabar accidentado.
Arrancó el coche y por primera vez escuché el rugido de su imponente motor mientras salía marcha atrás de su garaje. Un ronco sonido que hasta el día de hoy no he podido olvidar. Le entregué el cheque por los cuarenta y ocho mil dólares que me había pedido durante nuestra previa conversación telefónica y me dirigí a la puerta del conductor. Al despedirnos me regaló su última advertencia “el Challenger en un coche poderoso, noble y con carácter. Los habrá más bonitos e incluso alguno más rápido, pero este coche nunca te fallará”. Necesité tres intentos con la llave para que el motor arrancase. Parecía que no me lo quería poner fácil para alejarse del que había sido su hogar durante casi treinta años. Al fin arrancó y me dirigí por la polvorienta pista hacia la interestatal número cuarenta que me llevaría hasta Junction City. Por el retrovisor y a través de la polvareda vi a Ken agitando la mano y me dio la sensación de que no me estaba despidiendo a mí, sino a su coche.

Con leves insinuaciones de acelerador el coche respondía a mis solicitudes y fui tomando confianza. Con el recorrido de las millas hice mi primer gran descubrimiento. El coche consumía una barbaridad de combustible. Sin duda sus ocho cilindros y sus enormes carburadores, a pesar de desplegar un enorme poderío, no estaban tan optimizados como los coches actuales envueltos en una nube de electrónica y de micro componentes que extraen el cien por ciento del potencial del combustible. En todo caso me mentalicé de que mi Challenger era muy exigente y solo esperaba que cumpliese con todas las expectativas que el bueno de Ken había generado en mí.
 
Llegué a Junction City a última hora de la tarde y me detuve en un semáforo del centro. Dejé la mirada vagar por los peatones que pacientes esperaban que la luz cambiase para cruzar la avenida. Entre un anciano y un chico melenudo mis ojos se quedaron clavados en una mujer joven morena enfundada en una minifalda vaquera, una camiseta rosa y unas sencillas sandalias negras. Iba abrazando dos bolsas de papel marrón. Sin duda venía de hacer unas compras en un supermercado cercano. Posaba con gran naturalidad mientras el viento jugaba con su rizada y larga melena. Mi pie derecho se apoyó levemente en el acelerador y el coche rugió suavemente. De repente ella se giró y clavó sus oscuros ojos en mí por la ventanilla. Lo siguiente que recuerdo fue el sonido de las bocinas de los coches que llevaba detrás pues el semáforo se había puesto verde y yo no había arrancado. Ella esbozó una pícara sonrisa y yo me sonrojé. No sería la última vez que eso me sucediese con ella. Al día siguiente me la encontré nuevamente. En este caso fue en el banco. Yo estaba esperando la fila del cajero cuando entró por la puerta. Llevaba unos jeans y unas sandalias plateadas de tacón alto. Se acercó a mí y me saludó. La primera sorpresa fue que subida a sus sandalias era un par de centímetros más alta que yo. Su latina y melodiosa voz me envolvió como en una nube y en segundos conversamos alegremente. Me entró una sensación de comodidad que nos llevó a acordar una cita para tomar un café. Eso derivó a una cena, luego paseos y en unas pocas semanas a comenzar un idilio. Ella trabajaba en una oficina financiera trasladada voluntariamente desde su país de origen. Ambos estábamos en ese pequeño pueblo por similares motivos y quizás fue el detonante de la común soledad el que generó la complicidad de buscar un vínculo real con una persona por encima de las superficiales relaciones laborales y con los vecinos de la vivienda.
 
Cuando llevábamos dos meses de relación, decidimos una mañana de sábado, en un arranque de locura temporal, escaparnos juntos sin rumbo para conocernos a nosotros mismos en estado puro. Solicitamos unas vacaciones en nuestros trabajos y un lunes por la mañana nos pusimos en camino los tres, ella, yo y nuestro Challenger. Durante veintisiete días circulamos por carreteras secundarias, nos detuvimos a comer en sencillos restaurantes, dormimos en destartalados moteles de carretera y en varias ocasiones, frente a impresionantes paisajes preferimos, protegidos por nuestro amigo de metal, la compañía del silencio y la oscuridad de una pista llena de gravilla donde tras una noche de pasión despertamos abrazados con los cristales empañados.
Llegamos a saber infinitas cosas del otro pero ambos sabíamos que ese viaje no podría ser eterno y pasados esos inolvidables días decidimos volver al mundo real y retomar nuestras vidas.
Seguimos saliendo juntos un tiempo hasta que la destinaron de regreso a su país de origen y ella, cual ave en otoño emigró hacia su cálido sur. Tengo que admitir que desde entonces solo leer el nombre de su país me provoca cosquilleos en el estómago.
 
A pesar del paso de los años aún mantengo al entrañable Challenger en mi garaje, siempre callado y limpio, como esperando nuevamente recorrer esas infinitas carreteras en las que un día cabalgamos sin destino. Al conectar la llave comienza su profundo rugido y cuando decidimos salir a pasear su poderoso corazón vuelve a rugir como deseando retomar la historia. Nunca podré deshacerme de él pues es un amigo que nunca me falló.
 
“Las historias de amor no solo tienen protagonistas de carne y hueso. Existen otros actores sin los cuales nuestro sueño en modo alguno se habría podido producir y nunca los podemos olvidar”.
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