Ella

 

Desde que se conocieron, siempre estuvo a remolque de la relación. A pesar de ser un fornido soldado, junto a ella en seguida rendía la posición y siempre por un motivo que desconocía, ella dictaba la ruta de la convivencia y del amor. Era consciente de que la relación no era equilibrada, e incluso en algunas ocasiones se maldecía por estar tan enganchado. Pero no podía resistirse ante ella. Convivían, mantenían un vínculo sentimental y sexual. Sin embargo, y a pesar de su adicción sentía que únicamente era un capítulo de la vida de ella. Algún día pasaría página y le dejaría solo. Aún así no era capaz de dejarla. Algo había en ella que le mantenía a su lado. Incluso parecía existir una razón diabólica que los unía. A pesar de que incluso a veces ella le trataba con algo de desprecio, pasado el momento tenía la habilidad de embaucarle nuevamente con caricias, besos y sonrisas. Así transcurrió la convivencia durante muchos meses, hasta que un día al despertar ella no estaba a su lado y en su lugar había una nota en la que se despedía y le deseaba mucha suerte en la vida. De un salto se puso en pie y miró por la ventana. Su coche seguía aparcado en la acera de enfrente. El pueblo en el que residían era pequeño por lo que vistiéndose rápidamente salió a la calle con rumbo a la estación del tren. Corrió desesperadamente hacia el andén para convencerla de que no se fuese, pero cuando faltaban unos pocos metros para entrar en el edificio escuchó el pitido de salida del tren. Cuando llegó al andén, una sucia locomotora seguida de una decena de grises vagones ya comenzaba a moverse desplazándose lentamente. Frente a su vista, que mantenía perdida y desesperada sentía como si el rítmico paso de los vagones borrase todo su pasado y presente.

En cuanto cruzó el vagón de cola, quedó a la vista el andén opuesto, casi desierto. A través de sus traslúcidas lágrimas descubrió una borrosa e inmóvil figura. Tras un par de parpadeos pudo verla con mayor precisión. Se trataba de una alta y espigada chica con larga melena y enfundada en unos apretados pantalones rematados con unos altos tacones. Mantenía las piernas levemente separadas y la cadera un poco inclinada hacia el lado izquierdo. Marcando una leve sonrisa en sus labios le envió una mirada profunda, tierna e inteligente empleando unos ojos azules como el mar. Solo con esa mirada sintió algo que nunca antes había experimentado. Como elevado por unas invisibles alas, su recuerdo se recuperó al otro lado del andén frente a la chica misteriosa. “Me llamo Cris” – le dijo ella con una suave voz. “No necesito saber más” – pensó el soldado. Fue el principio de su amor definitivo… y de su vida.

 

“No siempre por entregarlo todo garantizamos que nuestro amor resulte exitoso. Es más importante encontrar a la persona adecuada y no necesitaremos esforzarnos, pues el placer en sí mismo será satisfacerla”.

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Frágil

 
Luz de luna
cada noche
con dulzura te acaricio
desde los hombros
bajo por la espalda
hasta los pies
cierras los ojos de placer
y se te eriza la piel
abrazo tu frágil cuerpo
de tu aroma de mujer
con suaves perfumes
me impregna tu presencia
 
Somos dos y la noche
solo dos
la noche tres
aparece un hombre
y en tu cama
ya te olvidas de mí
solo te fijas en él
me aparta del medio
escucho tus gemidos
escucho los jadeos
y los besos
el placer te hace vibrar
juntos yacemos
al terminar
 
Cuando te abandona
en la oscura noche
soy solo yo
quien te acompaña
el silencio
tú y yo
me aprietas con fuerza
acaricias mi suave piel
te abandonas y te duermes
yo no puedo
ser tu hombre
me duele pero asumo
la dura realidad
de mis asiáticos genes
nacidos entre suaves sedas
muy cerca del mar
abrázame fuerte
quiero ser esta noche
al menos un poco tuyo
yo soy tu acompañante
pero en el fondo solo soy
tu humilde camisón
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Mundos cruzados

   

Miguel era un hombre que se podría calificar de atractivo. Desde su juventud había siempre obtenido el favor de las mujeres, primero con sus compañeras de estudios y años más tarde incluso las de algunas compañeras de trabajo. Encantador y seductor nunca había hecho daño voluntariamente a ninguno de sus ligues pues ante todo respetaba la decisión de cada mujer a relacionarse con él. Sin embargo tampoco se echaba atrás si la mujer tenía pareja pues consideraba que cada uno debe de ser responsable de sus actos y asumir sus responsabilidades hasta las últimas consecuencias. No le gustaba comprometerse por lo que nunca se le había conocido pareja estable. Esa forma de ser le había hecho cruzarse en alguna ocasión con esposos y novios celosos que le habían hecho huir precipitadamente de alguna cita. Pese a estos contratiempos, Miguel siempre salía airoso pues sus ligues eran quienes arriesgaban su estado por estar con él.

Prefería esperar a que con los años, alguna mujer de veras llenase su vida de una forma que le hiciese limitarse a ella por el resto de su vida. Sin embargo ese momento no llegaba.

Si había algo que Miguel amaba por encima de todo y era su pasión por el mar. En cuanto tuvo dinero suficiente se compró un velero con el que comenzó a surcar frecuentemente las aguas cercanas a su costa mediterránea. Siempre aprovechaba sus vacaciones para recorrer las azules aguas y conocer diversos lugares del mundo. Como a todas las personas, le encantaba saber que atraía a las persona del sexo contrario y era consciente de ello. En muchos de los puertos en los que hacía escala, conocía interesantes mujeres que en ciertas ocasiones caían bajo sus encantos. Otras veces simplemente compartía una mirada o quizás un roce.

Un verano, amarró su velero en un puerto griego donde se encontró con unos amigos que compartían su pasión por la navegación. Tras una cena y unas copas, le comentaron que había una antigua creencia local que se refería a la existencia de una bella sirena que se acercaba a las costas. Según parece, el hombre que la besase apasionadamente la convertiría en una mujer humana. Miguel rió al escuchar esa historia, pues si había algo que le caracterizaba era su pragmatismo y su poca fe en historias fantásticas.

Al final de la noche, se dirigió a su barco para dormir un poco y continuar al día siguiente su singladura. Al llegar a su yate, escuchó un chapoteo y al mirar al agua vio emerger el rostro de una mujer extraordinariamente bella. Largo y suave cabello, labios carnosos y mirada entre desafiante y dulce que le hicieron contestar con una afable sonrisa. Al ayudar a la mujer a salir del agua descubrió sorprendido que en vez de piernas tenía la cola de un pez y al instante recordó la historia de la sirena. Al roce con la piel de la joven quedó prendado de ella y la subió en brazos al barco. Cayeron sobre la cubierta de madera finamente barnizada y se envolvieron en un enorme abrazo que les llevó aun largo y apasionado beso. Fue de tal magnitud el beso que Miguel perdió un poco el sentido. A los pocos minutos abrió los ojos y vio que la joven estaba de pie frente a él mirándole fijamente y con los brazos cruzados. De su aleta no había el menor rastro y había sido sustituida por unas preciosas piernas torneadas, con un leve punto musculoso que brillaban a la luz de la luna. Miguel pensó que esa sería la mujer de su vida y se incorporó para levantarse abrazarla. Sin embargo no pudo. Al mirar a sus piernas, vio acongojado que en vez de eso tenía una larga cola de pez que movía aceleradamente. Al ver su mirada aterrada la joven se agachó hacia Miguel y dándole un beso en la frente le dijo: “Gracias por convertirme en mujer, me has hecho un favor enorme”. Y dicho esto le dio un pequeño empujón haciendo caer a Miguel por la borda hacia el oscuro mar. La bella joven mirándole le lanzó un beso desde lejos e inmediatamente izó las velas y el velero desapareció lentamente entre los plateados brillos de la luna sobre el agua.

 

“En toda relación nada es predecible y se debe asumir el riesgo que corren ambos amantes, pues en cualquier momento puede surgir lo más inesperado.”

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Poema impaciente (de Muse)

 
No importa si ya lo dijiste,
yo lo quiero escuchar otra vez
y más que eso,
quiero saber el por qué.
 
Por qué desatas a la mujer despiadada que hay en mi?
por qué desnudas a esta pobre musa desgastada por las palabras
por qué -y maldita sea- necesitas sentir que sintiéndote estoy.
 
Y porque ya sabes lo que te dije
y si quieres que lo repita,
que dejas libre a la dueña doliente de las letras
para que construya un camino que se cruce con el tuyo
allá donde nadie nos vea.

Y no me importa que me digas
que quieres saber lo que siento cuando tu voz me toca
que me pierdo como se pierde un pez en el mar,
como un barco en una tormenta,
como una amante entre sombras…

no hace falta tu voz para que te escuche cerca…
a veces no hace falta que te escuche siquiera…
si no hablas te escucho
y con los ojos cerrados te contemplo
y en aquel sitio cerrado,
donde soy yo
y donde soy libre
siempre -y maldita sea mi suerte- ahí estas tú.

 
 
Poema escrito y publicdo aquí por Muse (http://musadeojostristes.spaces.live.com).
 
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El te de las seis


 

En casa de los Stanford se tomaba siempre el te a las seis de la tarde. Era una ancestral tradición transmitida de madres a hijas y de abuelas a nietas siempre por el lado femenino de la familia.

A las seis de la tarde del día veinticinco de mayo de mil novecientos setenta y nueve, el preciso día en que Sally Stanford nació, su mamá por motivos obvios no organizó el te.

Por su lado desde su niñez Sally fue algo reacia a asistir esa tradición con las lógicas reprimendas de su mamá. Sin embargo a una niña le apetece más jugar que sentarse obedientemente a charlar con las amigas de su mamá, que parecían más bien unas viejas charlatanas con temas triviales y muy alejados de los que le gustarían escuchar a una niña. No por ello le parecía sin utilidad pues a esa hora su mamá la dejaba tranquila y Sally se refugiaba en su cuarto a revivir su sueño. Desde niña siempre soñaba con volar hasta las estrellas y convertirse en una de ellas. Si había algo que caracterizaba a Sally era su cabezonería. Siempre trataba de salirse con la suya pero sin imponer su criterio a la fuerza, solo a base de convencer a los demás de que sus propósitos, además de legítimos eran lógicos. Por ello tomó el firme propósito de llegar a cumplir su sueño por encima de todo. Se pasaba las tardes mirando el techo de su habitación decorada con estrellitas que ella misma había confeccionado. Ni que decir tiene que las noches despejadas, lamentablemente pocas en su pueblo costero de Torbay en el condado de Devon, se las pasaba en vela mirando por la ventana. Dejaba la vista vagar por esas estrellas tintineantes hasta que finalmente el sueño la vencía y se dormía.

A las seis de la tarde de un día de mil novecientos noventa y seis Sally ingresó en la “Royal Air Force” de Gran Bretaña. Fue un éxito personal lograr salvar las durísimas y selectivas pruebas de ingreso contra chicos fuertes y muy entrenados que pasaron de mirarla con desdén y algo de paternalismo a observar sonrojados cómo realizaba las pruebas físicas con excelente rendimiento. Además de ello, mentalmente estaba muy bien dotada así que las pruebas intelectuales fueron hasta cierto modo asequibles para ella. Finalmente entró con el séptimo puesto entre más de trescientos candidatos. En seguida se hizo un hueco en su grupo y se ganó el respeto con su excelente disciplina tanto marcial como de estudios. Poseía una simpatía y una modestia que la hacían generar el aprecio de todos. Lógicamente también generaba la atracción de algunos chicos que sin embargo no lograban cautivarla salvo tras un largo periodo de gran esfuerzo. A pesar de ello nunca quiso intimar demasiado para evitar mostrar signos de vulnerabilidad en un mundo de hombres. Cuando volaba lo hacía con una maestría extraordinaria. Sus compañeros cariñosamente la llamaban el pájaro porque parecía haber nacido para volar.

A las seis de la tarde de un día de dos mil uno, Sally recibió acariciado su título de piloto de caza a los mandos de un Panavia Tornado quedando en el escalafón en el tercer puesto que le daba opción a elegir su destino. Sally sin dudarlo solicitó su ingreso en el curso de astronauta de la NASA. Conforme se iba acercado a su meta, cada vez se tornaba más y más emocionada. Su familia había pasado de la sorpresa inicial de los deseos de Sally a congratularse de sus éxitos aunque su padre siempre había deseado una niña muy femenina que estudiase una abogacía o algo similar.

Tras pasar un duro entrenamiento estudiando astronomía y manejo de equipos espaciales finalmente se le adjudicó un vuelo espacial cuya misión sería para poner en órbita varios satélites.

A las seis de la tarde de un día de dos mil tres comenzó el lanzamiento del cohete que dirigía el comandante Samuel Worthington. A su lado, Sally Standford ejerciendo de asistente de vuelo en su primer misión espacial. En su casa de Torbay toda su familia estaba alrededor del te esta vez preparado de manera especial y siguiendo por la televisión como su hija hacía su sueño realidad.

A la hora exacta los motores comenzaron a rugir de manera estruendosa dejando tras de si una enorme llama como la de un cometa catapultando a sus pasajeros hacia el espacio. Sally miraba como se iba a finalmente a dirigir a “sus estrellas” y ser una de ellas. A una velocidad de unos cuarenta mil kilómetros por hora salió de la atmósfera terrestre y unas horas más tarde puso los satélites en órbita. Tras tres días en órbita comenzaron el regreso. Sally de despidió tristemente de sus estrellas pero con la esperanza de volver pronto. En la crítica reentrada una parte del recubrimiento refractario se desprendió por un fallo de anclaje con lo que en un segundo la nave estalló en el cielo ante los impávidos ojos de todos los presentes y de su familia que se quedó helada. El cohete se convirtió en una bola de fuego y después se desintegró en una colección de fuegos artificiales que repartidos por el firmamento lentamente se fueron apagando cual estrellas al amanecer.

Al final Sally logró ser una estrella como siempre había deseado pero no de la manera que suponía serlo. Su familia lloró enormemente su pérdida pero siempre que miraban al cielo sabían que una de esas estrellas era su hija Sally.

 

“A base de esfuerzo se pueden hacer los sueños realidad pero nunca se sabe de qué manera se cumplirán”.

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El viejo violín

  

Samuel vivía en un poblado al sur de Tanzania. Desde muy pequeño había vivido la guerra en primera persona. Nunca había conocido a sus padres, o al menos no los recordaba, pues al parecer habían sido asesinados en una refriega con un pueblo rival cuando Samuel era solo un bebé.
Estaba en un orfanato-colegio desde los dos años, aunque como todo ser humano solo recordaba lo sucedido desde los cuatro. Ahora contaba con doce años y cada día junto con sus compañeros recibía clases de un religioso. Era un misionero de los clásicos con su larga barba blanca y su enorme crucifijo colgando del pecho. En muchas ocasiones sentía como si el Jesucristo en la cruz vigilase sus movimientos y por ello siendo más joven había procurado hacer sus gamberradas fuera de la presencia del misionero.
Cuando terminaban las clases, se iban a sus dormitorios colectivos. La mayor afición del misionero era tocar el violín. Cada tarde noche, con parsimonia y devoción abría su negra funda y tomando con lentitud el violín, lo situaba en posición. Comenzaba a tocar diversas composiciones que resonaban en la jungla como cortantes machetes que muchas veces hacían silenciar hasta los rugidos de las acechantes bestias.
Samuel desde el principio quedó fascinado por el sonido de ese pequeño aparato de madera y decidió que algún día sería un gran violinista. Y un día se lo dijo al misionero que con gusto le comenzó a dar clases hasta que Samuel poco a poco fue tocando el violín bajo la atenta mirada de su maestro que veía en Samuel un niño muy sensible y sobre todo con unas enormes ganas de aprender.
En ese colegio también estaba Veronique, una preciosa niña, alta y con una larga melena rizada que colgaba por su espalda. También ella era huérfana. La habían dejado envuelta en unos paños a la entrada del colegio y nunca se había conocido quienes eran sus padres, pero se intuía que la habían dejado allí por no poder mantenerla.
Samuel y Veronique se hicieron muy amigos y compartían mucho más que la mera amistad de dos compañeros.
Al cumplir los 18 años, Samuel y Veronique se fueron del orfanato a vivir su vida como pareja. La despedida fue muy dura pues el anciano misionero había sido como su padre.
Samuel comenzó una humilde vida de carpintero en un poblado junto a su esposa. Su sueño era conseguir ahorrar para comprarse un violín y seguir desarrollando su gran pasión.
La vida en la selva era peligrosa pues a veces los animales hambrientos o con crías variaban su previsible comportamiento. Un día en el que Veronique se dirigía al río casualmente se encontró con una leona que tenía dos crías y en su afán por protegerlas se acercó a Veronique. Consciente del peligro, gritó el nombre de su marido, que se acercó corriendo y se interpuso entre su frágil esposa y la leona. La bestia obcecada por sus crías se abalanzó sobre Samuel que instintivamente se defendió con su brazo izquierdo y al instante los dientes de la leona se clavaron en éste. Como hábil y experimentado luchador, y a pesar del enorme dolor, con la mano derecha asestó un navajazo en el abdomen a la leona que retrocedió soltando un rugido de dolor.
Con el brazo ensangrentado, llevaron a Samuel a un sencillo botiquín donde al llegar se desmayó.
Al despertar vio la conciliadora sonrisa de Veronique que estaba sentada a su lado. Se miró en cuerpo y vio que tenía el brazo izquierdo vendado. Sin embargo no sentía nada. Tras hablar con los médicos le dijeron que nunca lo podría utilizar más, pues los dientes de la leona habían desgarrado demasiados tendones. Tomó ánimos pues al menos había salvado el brazo de la amputación. Tras recuperarse se fueron de nuevo a su casa y aunque con dificultades, Samuel retomó su actividad.
El año que ambos cumplían los veinticinco años una mañana recibieron una carta y un gran paquete. No suponían en absoluto lo que podía contener, así que abrieron la carta.
Era del director del orfanato y les explicaba que el misionero había fallecido tras una rápida enfermedad, pero al recoger sus pertenencias habían encontrado una carta que solicitaba enviasen ese paquete a Samuel, y al ser el último deseo de un fallecido se lo habían enviado.
Al abrir el paquete, entre lágrimas Samuel vio la negra funda del violín que nunca podría tocar, pero mirando a Veronique, comprendió que era ella lo que de verdad tenía valor para él.
 
“Si amamos con todo el alma, en nuestra lista de prioridades siempre está nuestra persona amada por encima de nuestros propios sueños personales”.
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El título no importa


   

Abro mis ojos y descubro
despierto tras la noche
tu mirada perdida
vagando el horizonte
 
Cual visuales caricias
con sus rayos el sol
tus rotundas curvas recorre
envolviéndote su calor
 
De encontrar imperfecciones
inútilmente tratan
para que a mis humildes ojos
parezcas más humana
 
Dedos luminosos
abrazan tu suave piel
eres morena y latina
dulce como la miel
 
Amanezco envidiando
a ese sol que te posee
celos siento que en sus brazos
indiferente te relajes
 
Por la espalda y lentamente
tu trémulo cuerpo acoso
tiemblan mis manos al recorrerte
aceleras el jadeo de mi aliento
 
Tu sola eres canción
de femenino aroma
tu melena es suave melodía
el título no importa
 
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